Universos paralelos

Los museos exhiben restos de arquitectura milenaria y reconstruyen vidas de personas al azar, en base a probabilidades y descripciones de relatos y reliquias apenas conservadas. Una visita por sus salas superpone varios planos de realidad. Completamos las explicaciones con imágenes hieráticas y pulcras, idealizadas, de un panadero que a los cuarenta estaba a punto de morir y de su familia. Dice el guía que la esperanza de vida entonces era un auténtico desastre. Los planos de realidad crean fricciones, saltan chispas. Las normas prohíben usar flash. El testimonio de nuestro paso por esta vida, si es que queda algo, será tenue, como la piel arenisca de aquellas figuras sorprendidas en labores cotidianas. Viajamos en el tiempo, los contemplamos con superioridad. Según Darwin, tres mil años más avanzados que el Homo Neanderthalensis nos otorgan cierto privilegio. Es un acto reflejo, y por lo tanto inconsciente, que se produce por algo aprendido, es decir, totalmente consciente. 

Frente al pasado pétreo, nuestro presente es una elipse que no deja de crecer. Como la goma de un tirachinas, nos lanzará hacia delante en algún momento. Seremos el blanco alcanzado, siempre certero, testimonio más o menos confuso de algo perdido en la espesura de un bosque al borde de la carretera. Tres mil años no son gran cosa. Ese tiempo apenas alcanza para escribir la Historia, un relato de historias cruzadas según el principio de symploké. Pero, ¿y antes? ¿qué sucedió antes? Un lagarto semienterrado comienza a mover la cola. Lleva enroscado, bostezando, otros mil años, como su padre, como su abuelo, como todos sus ancestros. 

La Historia es como un bazar donde buscamos que algo nos sorprenda. Levantamos objetos amontonados, abrimos cajas. Un cuenco de porcelana, una máscara de pantomima, una colección de fetiches. Nada de lo que hay en el bazar lo está por casualidad, en realidad todo son copias de copias. El propietario, que no nos quita el ojo de encima, conserva los objetos valiosos en la trastienda. Sabe que los venderá algún día, solo espera a que alguien pague cualquier precio por ellos. Porque lo más importante de los objetos no es su forma, ni su utilidad, sino su capacidad para contar historias. Sin los objetos no habría Historia. 

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