Paraíso en obras, capítulo 9

Intento reconstruir el pasado sin guion alguno. Al azar escribo pinceladas, compongo el paisaje de mi vida sin croquis ni estudios previos, como una pintura impresionista. Voy tomando recuerdos y trazo el camino impreciso que recorrí. Pero la historia no solo me pertenece a mí. Estamos entrelazados en un destino mágico que sucede al azar, limitados por infinitas posibilidades. Así nos encontramos en un tren, una fría mañana de febrero de 2000, camino de Barajas. Comenzaba nuestra aventura Erasmus. Madrid-París-Fort de France.

En toda nueva experiencia, siempre hay una primera impresión, algo que va por delante de ti, en ocasiones imprevista. La sensación de estar dentro de un invernadero, mezcla de humedad y calor, es lo primero que se experimenta al bajar del avión y entrar en el aeropuerto Aimé Césaire. Nos esperaban el director del IRAVM, monsieur Montjoly, y la persona que se encargó de contactar con la escuela un año antes para incluirla en el programa internacional de becas, una compañera de nuestra facultad. Éramos la segunda promoción que iba a estudiar en Martinica. Por supuesto, la siguiente impresión, casi instantánea, fueron los colores. El marrón rojizo y la rica gama de verdes variando constantemente. El contraste de amarillos y naranjas en aquel ambiente aún lo conservo en la memoria cuando evoco aquellos días. Nos subimos en la parte de atrás del coche. No entendía ni una palabra de francés. Nuestra compañera nos había buscado una residencia a cada uno en el centro de la ciudad. Nos llevaron directamente. Primero fuimos a la femenina, que estaba cerrada. Unas chicas vestidas con uniforme de colegio abrieron la puerta. Iban acompañadas de una mujer con hábito religioso. Nos dijeron que el establecimiento cerraba a las seis de la tarde, y apenas habían pasado unos minutos. Mi compañe- ra me miró, sorprendida, pero no tuvimos tiempo de hablar casi. Desde una ventana, en la primera planta, otro grupo de adolescentes nos sonreía y saludaba con la mano. Después fuimos a mi residencia, exclusivamente masculina, cuya puerta sí estaba abierta. Era un edificio en bajo muy céntrico. Nadie salió a recibirnos, aunque nos esperaban en la entrada, una especie de sala de estar-comedor-cocina a la que se llegaba tras atravesar un patio interior. Dejé las maletas a un lado y mis acompañantes hicieron las presentaciones. Estaba hambriento y con la curiosidad a flor de piel. Nos despedimos hasta el día siguiente en la Escuela de Arte. Por fin solo en un país extranjero, una isla tropical donde se hablaba una lengua de la que no conocía más de tres o cuatro palabras. La televisión emitía un noticiero. Había algunos chicos mayores que parecían los encargados, el resto eran adolescentes. Un francés metropolitano, Jean Pierre, el único europeo en la residencia, se ofreció para lo que hiciese falta. Tomó la iniciativa como un trabajador del centro. Fuimos a la habitación y me presentó al resto de estudiantes mientras explicaba el funcionamiento y las reglas de la residencia, los horarios, la cocina, las instalaciones. Comprendía algunas cosas, lo cual era buena señal. El francés es una lengua a la que a un español no le resulta difícil adaptarse. Perdía muchos detalles, pero lo más importante quedó claro. Después de comer algo, mirando en la televisión un noticiero de París, fui a descansar. La cama era como los viejos catres que tenían nuestros abuelos. El colchón te atrapaba literalmente y no podías casi ni moverte en toda la noche. La luz del atardecer traía muy buenas sensaciones. Miré el horizonte montañoso con ilusión, sentía que todo un mundo se abría en aquella isla de sesenta y cinco kilómetros de largo. Era como estar dentro de un sueño, y no solo por el jet lag, también por el paisaje de palmeras y flamboyanes, el bullicio colorido de las calles despidiendo el día, la arquitectura colonial de fachadas desteñidas y contraventanas de madera hinchada, las campanas de la iglesia de Fort de France dando la hora al pie de la Avenida Maurice Bishop. Por la mañana fui a la residencia religiosa de Carmen. Salió un poco aturdida, pero feliz por el recibimiento que le habían brindado. Era la única estudiante blanca. Las chicas más jóvenes la rodearon nada más llegar para tocarle el pelo y la piel mientras hacían todo tipo de preguntas. Ella había estudiado francés antes del viaje; de hecho, fue mi profesora cuando un mes más tarde compartimos casa. Dimos un paseo e intercambiamos impresiones. Lo peor para ella era tener que estar de vuelta en la residencia a las seis. Por lo demás, parecía haber buen ambiente. Yo sospechaba que la mía también era religiosa, pero no tenía límites horarios. Después de desayunar, había recorrido un poco el edificio. Lo primero que encontré fue una capilla, con un viejo piano de cola abierto, una gran figura de Cristo crucificado y en la pared un lagarto que corrió hacia la ventana al verme entrar. No tenía cristales, en realidad muy pocas ventanas los tenían, por eso las ramas de algunas plantas y árboles del jardín entraban en aquel lugar donde parecía no pasar el tiempo.

Fuimos a tomar un café, llamar por teléfono a nuestras familias y conseguir algún plano de las calles para ubicarnos e ir a la escuela de arte. Después salimos del centro y remontamos algunas cuestas hasta subir la colina donde estaba, dominando desde lo alto el lado noroeste de la ciudad, el IRAVM. Justo enfrente podía verse el barrio de Trénelle-Citron. Atravesamos los jardines buscando la recepción. Era un edificio peculiar, con diferentes alturas, escaleras y rampas, que anteriormente había servido de hospital. Nos volvió a recibir el director. Fue muy amable. Nos mostró el recinto, las aulas y talleres. Conocimos al personal docente y administrativo. Era un lugar muy pequeño comparado con la facultad de Valencia, podía decirse que estaban en familia. Apenas comprendía nada, tan solo los saludos. Ça va? Después de rellenar algunos formularios, fuimos a comer a un bar cercano. Probamos dos platos típicos de arroz blanco, uno con banane jaune y otro con acras de morue, o albóndigas de bacalao. Una vez en la ciudad, paseando por las calles, lo siguiente que llamó mi atención fue la cantidad de vagabundos, en apariencia. Mi compañera estaba algo asustada ante la idea de tener que moverse sola por aquellas calles. Eran hombres de mediana edad, por lo general fuertes y musculados, que vestían harapos y hablaban solos en voz alta. Algunos incluso gritaban de forma violenta. Caminaban como enajenados y a veces se acercaban a los transeúntes sin ser casi escuchados. La gente se apartaba de ellos como si contagiasen alguna enfermedad. Invadían la calzada e interrumpían el tráfico. Nadie parecía saber de dónde salían ni a dónde iban. El resto se ocupaba en hacer sus compras y ventas diarias, porque el centro de Fort de France era un gran centro comercial. A las siete de la mañana, un hervidero de gente se daba los buenos días y comenzaba la larga y sudorosa jornada laboral. Se transformaba como por arte de magia. Amanecía a las seis y anochecía doce horas después, a las seis de la tarde. Entonces las persianas bajaban, las calles se vaciaban, el silencio se apoderaba poco a poco de cada rincón del barrio, como un escenario tras una función de teatro. Parecía mentira que todo hubiese sucedido allí. A partir de esa hora, casi nadie se atrevía a salir. Nosotros solo lo hicimos dos o tres veces. Mi residencia era muy tranquila, un viejo edificio colonial donde se olía a café y mantequilla. Poco a poco fui conociendo a otros estudiantes, aunque en realidad apenas podía comunicarme con ellos. El primer fin de semana, con un mapa de la isla, Jean Pierre me habló de algunos lugares que merecía la pena visitar. También dijo que quería ir a una fiesta rasta el sábado siguiente. Ese día, yo mismo había visto los pequeños carteles pegados en paredes y farolas avisando de la fiesta, que sería en casa de un rastafari. Era habitual organizar encuentros de ese tipo. La población de la isla vive muy dispersa, hay muchas casas de campo diseminadas por gran parte del territorio montañoso, y los accesos son a veces bastante complicados. Viajas por estrechos caminos cuya abundante vegetación te impide saber dónde estás, y cuando crees que te has perdido, aparece un grupo de viviendas de madera, unos niños jugando en medio de la carretera o algún anciano sentado tranquilamente debajo de un mango. Sin embargo, la sensación de estar perdido la experimentaba sobre todo en las proximidades de la capital. En las zonas rurales era diferente. Al sur de la isla se concentran los resorts y hoteles europeos, el paisaje es algo más seco, aunque los cocoteros no faltan en casi ninguna de sus playas. Al este encontré las más concurridas por la población local, en la confluencia del Caribe con el Océano Atlántico, donde abundan las barreras de coral. Allí el mar crea piscinas saladas de agua templada, ideales para el baño en familia. Los niños pueden disfrutar sin miedo a las corrientes ni a los tiburones. El oeste y noroeste son diferentes; es el Caribe, pero la geografía montañosa dificulta el acceso al mar. No conocí mucho esta parte, excepto por mis caminatas a Schoelcher, comuna que se llama así por el periodista y masón impulsor de la abolición de la esclavitud, donde estaba la playa más cercana a la capital, y por una excursión a Saint Pierre, el pueblo donde está la Montagne Pelée, el conocido volcán, aún activo, que a principios de siglo había matado a todos los vecinos menos al único preso encerrado en la cárcel del pueblo, anécdota que recoge Eduardo Galeano en uno de sus libros. Y el norte, misterioso, frondoso, era un lugar casi vetado para el europeo. Los lugareños desaconsejaban ir allá, pues el oleaje de sus playas hacía imposible el baño. Solo los más osados windsurfistas se atrevían a entrar en el agua. Gracias a un compañero que conocería después, visité la zona durante un par de días. Pero volvamos atrás, todo esto aún tardé en saberlo. Recuerdo que una vez en España, al hablar del viaje, los recuerdos se volvían montañas de palabras. ¡Quería contar tantas cosas de golpe! Estaba familiarizándome con la vida en la isla de las flores, como la llamaban en las agencias de turismo. Algo que no esperaba, para nada, era que por la noche estuviese todo cerrado. Excepto un par de bares y una discoteca en el paseo marítimo, junto al quai, la pasarela de madera que se adentraba unos ciento cincuenta metros en el mar para dar la bienvenida a los trasatlánticos que llegaban a menudo. Ahora los cruceros tienen su propia zona de llegada en el puerto, algo más al sur. Según las recomendaciones, no debíamos ir a esos lugares de noche. Al principio no comprendía el porqué. Nosotros no éramos ricos turistas que iban a hacerse fotos y recorrer la isla ajenos a la realidad y a las contradicciones existentes. Pero Fort de France es un lugar pequeño, cuando acabas de llegar se nota a la legua. Y no tardé en experimentarlo por mí mismo. Como decía, desde las siete de la tarde hasta el amanecer, los vecinos se encerraban en sus casas y casi nadie salía a pasear. El centro quedaba desierto y silencioso. No le di mayor importancia, aprovecharía el día para hacer todo lo que pudiese y por la tarde trabajaría en mis bocetos. Tras un par de semanas, Carmen quiso dejar su residencia. Estaba agobiada. Incluso barajó la posibilidad de volver a España. La diferencia de vida era notable en muchos aspectos, pese a estar en territorio oficialmente francés. Además de sentirse insegura en la ciudad, no quería seguir las reglas de una institución religiosa. Necesitaba sentir que al menos en su propia casa era libre. Después de darle vueltas al asunto, propuso que alquilásemos una casa para los dos. Acepté. Esa mañana salimos un poco antes de la escuela. Fuimos a pasear y tomar un té. Comprendía su preocupación. Dos días antes, yo había tenido una experiencia algo desagradable. Fue el sábado al volver de la fiesta, sobre las dos y media de la madrugada, cerca de la residencia. Unos amigos nos habían llevado y después traído a la ciudad. Nos dejaron en la misma avenida Maurice Bishop, y al cruzarla, un grupo de chicos se acercó y comenzó a increparnos. No entendía nada, pero nos empujaban y gritaban intentando asustarnos. Bajamos la cabeza y aceleramos el paso. Jean Pierre dijo que avanzara sin mirar, cruzó unas palabras con ellos y nos dejaron en paz.

—¡Cabrones! —susurró—. No te preocupes, son unos niñatos.

Excepto otro caso aislado, no encontré problemas de este tipo durante mi estancia. Respecto al racismo, no creo que fuese la motivación de aquellos chicos, pero sí aprendí que no solo es cosa de blancos; entre la población negra y mulata también lo había. Cuanto más oscura es tu piel, posiblemente más abajo en la escala social te encuentres. Tantos años de esclavitud habían dejado su huella. Resultaba curioso que al volver de una fiesta rasta nos encontráramos en aquella situación. Para llegar tuvimos que recorrer algunos kilómetros por carreteras estrechas atravesando montañas. Estaba oscuro, pero sentías la densa vegetación a ambos lados del coche. De vez en cuando se veía algún grupo de casas. Tomamos varias intersecciones, y al final llegamos a nuestro destino. Nos recibió un joven, que se acercó al coche con el puño levantado para saludar. No conocía el gesto, se chocan los puños cerrados y después se lleva la mano al corazón. Significa unidad. En mi cultura, más o menos reciente, los puños tienen unas evidentes connotaciones negativas. Por un lado, estaba el gesto amenazante de golpear, de dar un puñetazo, y por otro el símbolo que identifica cierta ideología política, que según se mire, para unos significa libertad y empoderamiento y para otros la opresión del pueblo. Así que, al principio, no podía despojar dicho saludo de estas connotaciones, lo que para mí fue, en primer lugar, también una paradoja, una comunión de extremos, una inversión positiva, utilizar la fuerza para confraternizar.

En la puerta nos recibieron de la misma forma. Chocamos los puños y aportamos los diez francos (un euro y medio) de la entrada. Para ser una fiesta, la música era bastante tranquila. Reggae roots sonando en una habitación donde anfitriones e invitados bailaban. No conocía este estilo musical, aparte de alguna canción de Bob Marley. Esa noche fue el inicio de una gran pasión, la música jamaicana. En un patio central había mesas con comida ital, cuscús y otras tapas veganas. Apenas había bebida, salvo zumos tropicales y agua. Nada de cubatas ni cerveza, como en las fiestas europeas. Esto fue algo significativo, y no solo en las fiestas reggae, sino en cualquier otra de las que fui en la isla, con estudiantes de la escuela de arte y con amigos; casi nunca se bebía alcohol. En las fiestas más alegres a las que he asistido, donde todos bailaban y se divertían, tan solo se consumían zumos y refrescos. Fumar tabaco no estaba bien visto, muy pocos jóvenes lo hacían. Pese a todo, hay una bebida muy respetada, el ron. Evidentemente, el martiniqueño ocupaba un lugar especial en las fiestas. Con él prepara ban petit punch, un cóctel local con lima y azúcar de caña. No bebían para emborracharse, sino para desinhibirse, las personas de mayor edad que en general lo preparaban. A la fiesta había ido sin pensarlo, porque estaba interesado en la cultura local. Es cierto que los componentes salir, conocer gente y fumar estaban ahí y me atraían. Luego estaba el hecho de que en la ciudad no había posibilidades de hacerlo. Lié un joint y fumé al lado de los altavoces. Bailé durante horas, que pasaron muy rápido. No pude hablar con nadie, hipnotizado por la música, hasta que mis amigos quisieron volver.

Ni que decir tiene que la cultura mayoritaria en Martinica no es rastafari. Relacionada con el consumo de marihuana, una planta prohibida, y con ciertas reivindicaciones a contracorriente, o políticamente incorrectas, por decirlo de alguna manera, solía ser incluso hasta mal vista. Estábamos en un DROM, Départament et Región d ́Outremer francés. La cultura predominante era profrancesa, con grandes influencias europeas, aunque también había un fuerte movimiento independentista que, bien mirado, no se distinguía demasiado de la línea oficial; en cualquier caso, pese a pedir la no dependencia de Francia, sus tendencias eran pro-occidentales. Y aquí radicaba el punto fuerte de este desprecio por el mundo rastafari, según lo entendí en su momento. Reivindicar las raíces africanas y repudiar el sistema babylon de la metrópoli eran cosas que el ciudadano medio parecía no querer ni oír. Supongo que para él sería un atraso, teniendo en cuenta los avances del mundo moderno y las ayudas económicas que Francia brindaba a la isla. A cambio, París tenía el control de una parte importante de las Antillas, muy próxima a América de Sur, explotando una zona turística de primer orden, dando prioridad a sus propias aerolíneas y teniendo acceso al mercado de productos tropicales sin necesidad de aranceles. Imagino que, en el peor de los casos, aunque la balanza no favoreciese a ninguna de las partes, para los políticos de turno siempre sería interesante conservar una provincia como la Martinica dentro de su Estado-Nación.

Hablábamos de todo esto al recorrer el centro de Fort de France buscando casas en alquiler. Dejamos recado a varios conocidos por si sabían de algo. Anotamos teléfonos y, de paso, visitamos algunos lugares señalados, como el mercado de especias y el parque de la Savane, donde estaba la estatua decapitada de la Emperatriz Josephine, esposa de Napoleón. Después de arrancarle la cabeza a la estatua, habían arrojado un bote de pintura roja en su cuello, y chorreaba alrededor como si fuese una herida aún fresca. Pensaba en la guillotina. ¡Qué manía tenían los franceses con cortar cabezas! Mientras, hacíamos planes para ir de turismo.

Poco a poco fui encontrando hueco en la escuela de arte. Al principio era asiduo de la biblioteca, pues allí encontraba un espacio perfecto para estudiar francés. Escogía algún libro al azar, hacía copiados y tenía pequeñas conversaciones con la bibliotecaria. Siempre me han gustado las bibliotecas, son el lugar más interesante de una ciudad. También probé varios talle res. Sentado, dibujando, veía el ambiente. Iba a las clases que quería, como Dibujo del Movimiento, Teoría del Arte, Grabado y Fotografía, aunque mi objetivo era pintar. Si no, intentaba hablar con alguien, casi siempre con alguna chica. Me acercaba interesado por su trabajo y después de un rato casi siempre acababan preguntando por la vida en Europa. Querían saber si estaba casado o si tenía hijos. Nuestros padres a los veintisiete años solían tener varios hijos, pero mi generación comenzó a romper con esa tendencia. Así conocí a Edith, solitaria y siempre muy concentrada en su trabajo. Temerosa, algo huidiza, no estaba muy convencida de querer entablar amistad conmigo. Era complicado empezar una conversación con ella. Al principio me intrigó esta actitud. No estaba flirteando; bueno, al menos no descaradamente, solo quería conocerla, pero no hubo manera. Un día, Carmen me dijo que Edith era la amante de un profesor, el mismo que acababa de juzgar tan duramente mi trabajo. «Ah, entonces, ¿tú crees que fue venganza por intentar conocerla?», le pregunté. Era nuestra tercera semana en la escuela y habíamos tenido sendas reuniones con él. Le enseñé mi portafolio y algún cuaderno de bocetos. Con tono emblemático e interesante, dijo que mostrando esos trabajos no podría llamar a ninguna puerta ni llegar a ser un artista famoso. Salí algo decepcionado, pero era de esperar, teniendo en cuenta lo perdido que estaba. Pensé que lo habría hecho para motivarme, porque a partir de ahí fue como decir: «¿Sí, estás seguro? Ahora verás de lo que soy capaz». Después quise conocer a Katya, y fue todo lo contrario. Agradable pero muy precipitado. Hablamos un par de veces en la escuela y después fuimos a tomar un refresco por ahí. Paseando sobre el quai, me preguntó si quería tener hijos y casarme algún día. «Sí, ¿por qué no?». Me invitó a comer con su familia en Rivière-Salée. Su madre preparó un delicioso plato con bananas y fruit à pain. Después tomamos café y nos sentamos en el porche de su casa a mirar el cielo y charlar. Mi francés era demasiado limitado para ciertas conversaciones. Se esforzaba por hacerse entender, pero quizá más para entenderme a mí. Chapurreaba alguna palabra francesa, pero acabábamos hablando en inglés. Al anochecer me llevaron de vuelta a Fort de France. Días más tarde, después de habernos cruzado varias veces por los pasillos del IRAVM e intercambiado una sonrisa y un simple saludo, se enfadó, según ella porque mi actitud no era la esperada. Estaba confundido. Iba de aquí para allá a mi antojo, conociendo a otras personas, y ella desconfiaba. Le sonreía, pero parecía no comprender el gesto amistoso, pues a cambio devolvía miradas serias y algo desafiantes. Podía haberle preguntado, pero lo dejé estar y seguí a lo mío, con la actitud un poco de quien se encoge de hombros y mira para otro lado. Pero eso sí, de momento olvidé a las chicas, al menos allí. La cosa era seria, y las costumbres diferentes a las nuestras. Manifestar interés por una mujer parecía suponer más de lo que realmente era, implicaba una serie de cosas que no quería asumir, al menos tan rápido.

En la residencia estaba bien. Tenía que pagar un suplemento por las comidas, pero todo lo demás era casi perfecto. Nadie me molestaba, no molestaba a nadie ni necesitaba espacio para trabajar, porque una cosa tenía clara, subiría a la escuela y pasaría el día pintando en cualquier taller. Y así fue. Pronto olvidé el cannabis, con el compromiso de ser disciplinado, madrugar, ir a primera hora y hacer todo lo que estuviese en mis manos para pintar algo serio. Así que los fines de semana se hicieron pesados, los chicos de la residencia solían marcharse. El edificio parecía desierto. Uno de ellos fumaba bidies, esos finos cigarrillos indios hechos con hojas de ébano coromandel. De aspecto artesanal, atados con hilo, los fumé una temporada, pues tenían cierto glamour y su humo daba la sensación equívoca de ser menos dañino. ¡El sueño de todo fumador! Mi primer paquete se lo encargué a él. El segundo, al comprarlo yo mismo en el estanco, me salió más barato. Tras varias semanas, empezó a dolerme el pecho y los dejé.

Terminó aquel primer mes, febrero de 2000, y ambos dejamos nuestros alojamientos para ir a vivir a un apartamento de dos habitaciones en la rue Garnier-Pagès. Coincidió con el carnaval, fiesta a la que nunca había dado la menor importancia. La escuela cerraba una semana, no sabía que era la celebración más importante de la isla. Nos dijeron que durante esos días, es- pecialmente, resultaba peligroso salir a la calle de noche. Se consumía mucho alcohol y la euforia reinaba en las calles. No sería para tanto, pensé. Nosotros vivíamos en pleno centro, donde se reunía el mayor número de gente. Enseguida nos acomodamos en el apartamento de madera. Una primera planta en una calle transitada pero tranquila, con el espacio justo para dos personas. El salón, donde pasábamos la mayor parte del tiempo, tenía una mesa grande en el centro, en la que recibí mis primeras lecciones de gramática francesa y donde dibujaba en mis cuadernos de bocetos. La planta baja la ocupaba un comercio, creo que relacionado con la electrónica. Pronto empezaron las celebraciones. Hubo unos previos. Se veían coches reducidos a la mínima expresión; es decir, sin techo, faros, puertas ni cristales, pintados de manera improvisada con aerosol y pilotados por jóvenes que desafiaban las reglas de circulación. El ambiente se iba calentando y dos cruceros atracaron simultáneamente en el quai.

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