Ephimera

 

Flotaba en mitad del océano, rodeado de gigantescos icebergs.
La caricia de unos tentáculos lo arrastraba hacia las profundidades.
Despertó con el corazón en un puño.
Entre los dedos su corazón seco se desgranaba.
Cerró los ojos, dejando poco a poco de pensar.
Agitaba una bandera.
Colores, ideas. Repetir gestos vacíos.
Despertó mareado. Quiso escribir aquel sueño.
Buscó en los cajones papel pero el papel borraba sus palabras.
Inútil, ensayar palabras sencillas que desaparecían.
Entonces oyó sirenas.
Tenía que escapar, deshacerlo todo,
subir por aquella cuerda que le quemaba las manos.
Intentó gritar desde la ventana pero no tenía voz.
¿Y saltar?
De pie en la cornisa vio personas sobre enormes flotadores
y niños con pistolas de agua.
Tres, dos, uno.
Cuando alguien pateó la puerta, tomó impulso y contuvo la respiración.
Volaba, rodeado de gigantescos edificios,
pero al despertar, lo inevitable, caer, caer.
¿Será el impacto definitivo, el fin,
o despertar para siempre?
Mientras sonaba la alarma, buceó hacia la superficie,
enredado en bolsas de rafia, en muñecas famélicas y en cordones de zapatos.
Al emerger agarró el móvil y lo destrozó contra la pared.
Le dolía la cabeza. Como un martillo que te golpea cada tres segundos.
Uno, dos, tres.


Ephimera –
CC by-nc-nd 4.0 –
Antonio Soriano Puche

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